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EL REGALO DEL MUERTO

Por Dalton C. Caravantes.

Este es un relato que con toda seriedad me contó mi abuelito hace muchos años. Lo envió por que estoy seguro de que es cierto.

Estamos en el lejano Agosto de 1923, Luis Guzmán G. Aprendía el oficio de carpintero en un pequeño taller de esta capital.

Su padre vivía en una finquita en las afueras del departamento de Guatemala. Esta pequeña finca estaba situada junto a otra un poco mayor, la cual era propiedad de un ciudadano alemán de nombre Fritz. Los propietarios de ambas fincas se conocían e incluso cuidaban mutuamente de ellas. El padre de Luis no contaba con muchos recursos económicos, razón por la cual su hijo aprendía tesoneramente aquel noble oficio.
Eventualmente Mr. Fritz hacía viajes en la capital. Realizaba sus compras de herramientas, víveres y otras cosas de uso diario. Como aquél ciudadano alemán no estaba familiarizado con la gran urbe de aquel tiempo, solicitaba los servicios de Luis para poder caminar con mayor seguridad en la capital. En repetidas ocasiones así lo habían hecho y por lo general el muchacho era avisado de que así ocurriría.
En cierta ocasión y cuando Luis caminaba a inmediaciones del hotel Mónico, vio a Mr. Fritz parado en la acera. Esto le sorprendió mucho, ya que no le habían dicho de la llegada de aquel amigo de su padre. Con cierto recelo se acercó a él y lo saludó. La pregunta obligada fue: ¿Le puedo ayudar ahora Mr. Fritz?

El regalo del muerto Aquella mañana había de ser muy especial. Sin embargo el protagonista de nuestro relato estaba entonces ajeno a todo cuanto increíblemente iba a pasar después.
Juntos se dirigieron a la ferretería Topke, hablaron con el empleado y pidieron dos carretillas de mano, cinco palas, azadones y otras cosas más. Ambos llevaron esas cosas al ferrocarril. Luis personalmente los empaquetó antes de retirarse. Mr. Fritz no iba a viajar en esa oportunidad en tren, así lo dijo al muchacho, se iría a la finca por tierra. El alemán dejó la estación, no sin antes hacer efectivo en las oficinas el envío de la herramienta. Acompañado de Luis se dirigió al centro de la ciudad. A mitad de camino, le dijo que no se preocupara por él, al parecer ya conocía el camino. Pasaron juntos al taller de carpintería avisando la tardanza del joven aprendiz y luego se despidieron. Mr. Fritz dejó en las manos de Luis un billete de cinco quetzales y partió con rumbo desconocido.
Aquellos cinco quetzales se constituyeron en un verdadero regalo, ya que el muchacho esperaba con ansia el poder tener el importe del valor de entrada al cinematógrafo. Esperaba ver la famosa película ¨Los misterios de Nueva York¨ y con aquel dinero se le cumpliría tan enorme deseo. Cuando llegó a su habitación, los guardó celosamente y se dispuso a descansar aquel día viernes. Todos los domingos Luis visitaba a su padre, razón por la cual en el fin de semana partió hacia aquel lugar.
Estando en la finquita preguntó a su padre sobre el regreso de Mr. Fritz, el señor Guzmán palideció y le dijo: ¿Cuándo fue que lo viste? Luis extrañado, le dijo que el viernes; luego, luego le relato todo cuanto hicieron en aquella oportunidad. La forma en que misteriosamente lo encontró, la compra de las herramientas y su entrega en la estación del ferrocarril, la fineza del alemán al pasar avisando y justificando la ausencia de Luis en el trabajo y luego la despedida. El asustado padre dijo que esto no podía ser, ya que Mr. Fritz había muerto el mismo viernes por la mañana. El joven no creía en su padre, la cabeza se negaba aceptar que hubiera estado hablando con un muerto. Poco después comprobó que su padre no le mentía; en realidad Mr. Fritz estaba muerto, hacía un día que lo habían enterrado en un pequeño cementerio local.
El día lunes, a su regreso, con visible muestra de nerviosismo preguntó a los demás empleados y dueño de la carpintería, sobre lo sucedido el viernes de la semana anterior. La contestación afirmó que él junto con el alemán, había llegado a eso de medio día a disculparse por la ausencia. Picado por la curiosidad, Luis fue a la estación a preguntar por la encomienda, que por cierto no llegó a la finca del vecino de su padre, y al llegar le fue informado que no había sido recibida ninguna mercancía dirigida a ese lugar. Esto le complicó más el asunto y cuando llegó a su casa, lo primero que realizó fue comprobar si los cinco quetzales estaban aún allí.

Con mucha sorpresa y quizá desilusión vio que el dinero había desaparecido... todo era inexplicable, extraño y enigmático. Luis paso varias semanas de malestar y únicamente por estar lejano en el tiempo aquel día, no le causó pánico y miedo. Ahora él lo recuerda como un suceso más de su larga vida y deja esta narración como su testimonio de que en verdad algo extraño sucedió en aquel agosto de 1923.

¿Fue una fantasía? ¨¡No!¨ ¿Fue un engaño? ¨¡No!¨ ¿De dónde vino Mr. Fritz si ya estaba muerto?. ¿A dónde fueron a parar las herramientas? ¡Quién sabe!

A veces nos encontramos con situaciones en esta vida que comprometen la lógica y el buen juicio. Son verdaderos enigmas que retan al hombre constantemente; yo doy gracias de que aún existen, porque para mí le dan sabor a la vida y hermosura a la investigación. Realmente sería soso, aburrido y tonto vivir en un mundo donde todo se sabe. Sí algún día todo llega a ser aclarado y no existe en esta tierra lo extraño, estoy seguro de que el hombre mismo inventará los enigmas para poder así seguir sintiendo la llama y el volar de su inteligencia ante el reto.

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